sábado, 17 de marzo de 2012

La raza maniaca


“Un lujo auténtico exige el desprecio acabado de las riquezas, la sombría indiferencia de quien rechaza el trabajo y hace de su vida, por un lado, un esplendor infinitamente ruinoso, y, por otro lado, un insulto silencioso a la mentira laboriosa de los ricos.” (Georges Bataille, La parte maldita)


Era otro viernes cualquiera en el que yo decidí ir a El Safari. El Safari no falla; de las pocas buenas cantinas que tiene mi ciudad. Llegué solo, a eso de las 9:00 PM y me pedí una cerveza roja. A la media hora me habla Miguel por teléfono, un conocido mío, buen amigo pero que a veces puede llegar a ser un tipo bastante extraño. Le digo dónde estoy y le doy señas de cómo llegar, a sabiendas de que no es el tipo de lugar al que suele ir. Llega poco rato después y me saluda efusivamente con una sonrisa y un fuerte apretón de manos, tratando de ocultar su incomodidad.
Comenzamos con una plática un tanto patética sobre las mujeres. A todo esto tengo que aclarar que Miguel es un tipo que dice tomar al catolicismo muy en serio, pero mezclado con una especie de enfermedad esquizoide que no me siento capaz de describir. A él le gustan las mujeres, o eso dice, y me platica de ciertos encuentros de palabras que sostuvo con algunas que él considera “guapas”. Las mujeres, decía, deben llegar puras al matrimonio. Me confiesa que su problema ha sido encontrar a una mujer verdaderamente católica, lo que sea que eso signifique. Entonces lo dejé de escuchar por unos cuantos segundos mientras me debatía internamente “¿Será posible encontrar a alguien así?”, concluí que sí, que en el mundo hay de todo y que para ser feliz sólo hay que buscarle. Cuando le volví a poner atención a su plática ya estaba hablando de los extraterrestres. Me decía que había nosecuántas razas que habitaban nosecuántas federaciones galácticas. Además, había también unos espejos –nueve, creo recordar,- que cierta raza alienígena había construido en ciertas regiones de nuestro planeta, según esto para ayudarnos a “evolucionar” habilidades especiales.

Me platicó de eso; cada región del planeta tenía alguna habilidad en específico, en Alemania, por ejemplo, había un espejo que los hacía ser más religiosos –pensé en Nietzsche, en Marx, en Heidegger, pero me callé la boca, no quería interrumpir su flujo de pensamiento-, en Latinoamérica había uno que nos hacía más habilidosos en lo sobrenatural… en la telequinesis, por ejemplo. Me dijo que él tenía esa habilidad, , pero con ciertas personas: “Sé cuando mi mamá me está buscando, y entonces le marco al celular, y la sorprendo.” Me siguió mencionando otros espejos en otras regiones que hacían desarrollar nosequé habilidades en la gente, pero para entonces yo ya estaba seco y no le presté mucha atención. Pedí otra cerveza, y cuando la mesera me la trajo el compa me decía que los estadounidenses tenían un enorme espejo que les ayudaba a desarrollar todas las habilidades posibles a la vez. “Esto suena muy hollywoodesco…”, pensé, y recordé que alguna vez él me dijo que estaba tomando medicamentos fuertes… algo de la cabeza, disque para volverlo “normal”.

Era una plática interesante, sin duda, aderezada por el ambiente cantinesco y música de Ramón Ayala de fondo.

Le pregunto cómo son esos espejos. “Pues… - y hace una pausa larga como sorprendido de que alguien haga una pregunta tan evidentemente obvia.- “Pues como espejos”. – terminó diciendo, como si fuese algo que debería de haber quedado claro desde el principio.

Lo que sí me describió fueron a algunos de los alienígenas. “Esta raza tiene forma de hongo”, “estos miden un metro veinte”, “estos habitan 12 planetas”, y yo alucinaba con solo escucharlo hablar de ellos tan familiar y seriamente.

Y entonces me dice “He leído muchos de sus libros.” Y se pone a platicarme sobre ello. Tardo en comprender que lo que realmente me quería decir es que él había leído libros, pero no sobre ellos, sino escritos por ellos. Los alienígenas eran los autores de esos libros, no los protagonistas. Entonces se acerca la mesera y él le pide otro refresco de toronja. Mientras tanto yo fui al baño, y allí recordé su punto débil. Justo al sentarme en mi lugar lo miré y le dije: “Y… ¿qué religión tienen estos personajes?”. Él me respondió, con una gran sonrisa que delataba sorpresa y a la vez admiración: “Buena pregunta… sabes, ellos mandaron a Jesús aquí a la tierra, y lo mismo hicieron en cada planeta: cada raza tuvo su propio mesías, mandado por ellos.”. “Ah…” y le dije… “¿Eso quiere decir que el cristianismo no está completo?... ¿como si fuera un trozo pequeño, parte de una gran obra cósmica... entre muchas otras?” Sonrió. “Algo así” dijo entre dientes. Le pregunté sobre la ‘otra vida’, me miró a los ojos titubeante y dijo “el infierno es cuando uno es condenado a nacer en un planeta subdesarrollado”. Y sostuvo que, en base a las enseñanzas alienígenas, el cielo no existe, pero uno avanza hacia una vida mejor, quiénsabedónde, con el objetivo de mejorar su ‘experiencia cósmica’. O algo así le entendí; el caso es que le dije “Toda esa idea de volver a nacer para autocompletarse, en base a lo que fuiste y lo que te falta por aprender… pues… suena muy budista.”. No recuerdo bien su respuesta, porque en ese momento veo entrar por la puerta al Rino, el gran rinoceronte metalero, el greñudoloco de la banda grindera. Le grito eufórico. Me mira y viene hacia nuestra mesa. “¡Compa Eber!”, me saluda al verme. Le presento al vato maniaco y empezamos a platicar. Venía de fumar cristal con dos morras lesbianas, o eso dijo él. Pidió una cerveza y yo otra. Me dio un abrazo, y le empezó a platicar al vato maniaco la vez que lo acompañé al velorio de su madre. “Estaba muy loco yo, no podía conmigo, ese día me metí de todo antes de enterarme de su muerte.” En efecto, el pobre pasa los años drogado. En ese momento me entró la sensación de estar entre dos grandes personajes que nunca creí ver reunidos en un mismo sitio. Dos personas interesantes en un sentido chingón, cada quién su trip. “Bueno”, dijo el Rino, “voy por un pericazo”, y salió súbitamente. El vato maniaco volvió con sus extraterrestres, y de paso metió a los illuminati, quienes mantenían una conspiración mundial para quiénsabequémadres. Sea como sea, todo su discurso sonaba disparatadamente coherente entre sí y eso es de admirarse.

Al regresar el Rino le comienza a platicar al vato maniaco la vez que tenía 40 mil pesos en los bolsillos, herencia de su hermana fallecida, “Llegué con un compa y le dije ‘órale aquí tenemos 40 mil bolas’, y nos fuimos con unas putas. A mi me excitan los pies, tengo una fascinación por los pies. ¡Cómo me divertí esa noche!, teníamos montañas de perico”, y hacía el ademán de sumergir su cara en una de esas montañas nevadas. El vato sólo alcanzó a decir un tímido “¡Ah!”. Entonces nos metimos al área de fumar, separada por una pequeña puerta de vidrio. El vato maniaco estuvo un rato más, pero se fue, no creo que estuviera cómodo con la presencia del legendario Rino, quien me hablaba de la vez que se metió peyote. “Una hora después no supe de mí, a los tres días desperté en mi casa, bañado en sangre.” Yo lo miré con cara de sorpresa, “Al parecer maté a patadas a una señora”, me dijo calladamente, haciendo gestos de violencia y tristeza. “Llegué a mi casa y me oriné en los pantalones. Mis padres me metieron a la ducha” Entonces se interpuso un pequeño silencio. “Ahí en la casa guardo mis tenis manchados en rojo”. Yo le ofrecí un cigarro y le conté la vez que fumé hojas secas de salvia divinorum: “Puse música y de pronto la música era un árbol de luz al que le crecían las ramas según el ritmo. Lo veía de frente, pero sentía como si yo viajara en la cima. Duró unos 5 minutos.” Entonces algo mencionó acerca de María Sabina, no recuerdo qué, pero al parecer él creía que seguía viva, yo no le corregí su error.

Alrededor de nosotros, vatos fumando tabaco y tomando cervezas, otros jugando billar muy animadamente, y una pareja cantando en el karaoke muy pero muy mal. “Ahorita voy a ir al Agujero Negro, ¿quieres ir?”, me dijo el Rino. El Agujero Negro es una casa, lugar de reunión de los vatos malandros más roñosos. “Vamos”, le dije, “pero saludo a los compas y me voy, que ya ando cansado”. Camino hacia allá prendí un churro de mota y me fui fumando por las calles. En una de esas pasamos al lado de una taquería repleta de policías que comían como puercos y ni caso nos hicieron: Quizá hasta ellos saben que los tacos importan más que un crimen sin víctimas.

Bucanadas de humo por todas partes y una hermosa noche estrellada. Al llegar, saludé a los plebes y me despedí del Rino, quién me arrebató el churro delicadamente: “Para los compas”, me dijo, y se fue con ellos. Entonces yo agarré camino hacia mi casa.

viernes, 16 de marzo de 2012

Adios paraíso

Imagen: Abraxas Teatro en Guamúchil

"Porque el diablo los hizo es su deber juntarse"
(Iván Esquer, Guamúchil 1986 - Tijuana 2012)

Flaco, la mera existencia es un teatro,
¿te imaginas que fuese otra cosa?

yo estoy encerrado en mis pieles
y la verdad envidio tu libertad de fantasma
(si me emborracho,
sin duda sabré que estás en mis tragos,
atiborrado de besos)

ADIOS, PARAISO
ya te dije llorando,
recordando cada manzana mordida
y a un dios pies de serpiente que los antiguos llamaron Abraxas.

Fumaré de tu abrazo de niño criminal inmenso
y de espíritu prófugo del miedo y del orden,
escapémonos de las jaulas del cuerpo, del discurso y del método,
entremos por la fuerza a la Historia,
volvámonos libres, si tal cosa es posible,
con la desnudez de una orgía religiosa que culmine en orgasmo.

tu silueta de hombre delgado
me hace ahora envidiar a los muertos, platicar con cenizas,
explorar la tragedia del fuego,
para que cuando al fin te encuentre de nuevo,
digamos que la muerte es una pecera, y, como tus obras de teatro,
deberemos ahogarnos de aplausos y disfrutar de la histeria.

/ la histeria / el delirio /
/ la muerte / tijuana /

sí, siempre sí lo viviremos juntos,
en éxtasis de abracadabra:
en trance y sangrantes
conoceremos el mundo en botellas rompibles,
nos alimentaremos de fauna en cantinas,
como espíritus cualquiera,
hermanos del alma en una casa embrujada

y nos comeremos tijuana
y reviviremos demonios.

la noche es un astronauta desnudo
¿quieres verla aterrizar en nuestros mundos?
la mataremos sonriendo, para que nos visite de nuevo
y ese será nuestro rito mistérico,

seremos dos niños, paganos nocturnos,
acuchillando a una noche indignada
porque al paraiso lo habitamos nosotros
y NO es la invención de los curas
NO lo crearon los dioses abstemios,

NO,
el paraíso es una obra de teatro que improvisamos en chinga,
sin temor a que nos alcance la muerte.

el cuerpo es una obra de teatro
y el cementerio nos confirma que el goce es como el fuego:
que todo volverá a ser polvo
y que los que seguimos vivos no somos más que ignorantes.

/ la verdad admiro tu libertad de fantasma /

a tí, flaco,
que te gobiernas fuera del tiempo,
y que convertiste a las cenizas en una poesía terrorista,
te arropo de dialectos oscuros
y de perfumes de letras,
tú solo disfruta el paisaje
pues no hay tirano que vigile ni castigue cuando muertos
ni discurso de poder que nos pervierta definiéndonos,

flaco, niño criminal fuera de las jaulas,
saborea la libertad de tus cenizas,
y cuando yo cierre los ojos
tal vez esta escoria de mundo se termine
y me desintegre contigo en otra de esas parrandas mortales que acostumbras,

mi esqueleto se habrá olvidado de mí,
y, al fin, un gran telón me recordará que toda esta mierda es teatro
y se cancelará la eternidad de nuestros párpados
para dar paso al polvo, que será para siempre la finalidad de nuestros días,
como una violencia fecunda que nos devolverá a esta tierra sin miedo
y entonces, y a hora sí, será nuestra totalmente la locura,
como tanto lo soñamos en vida.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Mircea Eliade - Historia de las creencias y las ideas religiosas (Extracto)


Mircea Eliade, de los grandes historiadores de las religiones. Puso mucha atención a las técnicas de éxtasis como forma de comunión en los diferentes relatos religiosos. Sus libros son una exquisitez. Poesía sociológica en su mero mole. En este extracto habla del culto a Dioniso.

Si quieren abundar más en lo que podríamos llamar "antropología del éxtasis", acá subí algo similar: Georges Bataille - La orgía ritual.

Pronto vuelvo a subir cosas mías xP

Imagen: Taddeo Zuccari

_____________________________
Dioniso o la felicidad recuperada
Mircea Eliade

(Extracto)

de "Historia de las creencias y las ideas religiosas"

(...)
Según el mito, es hijo de Zeus y de una princesa, Semele, hija de Cadmos, rey de Tebas. Hera, llena de celos, le tiende una trampa, y Semele pide a Zeus que le permita contemplarle en su verdadera forma de dios celeste. La imprudente es fulminada y da a luz antes de tiempo. Pero Zeus injerta a la criatura en su muslo y pasados algunos meses nace Dioniso, que puede llamarse con propiedad un dios «nacido dos veces».
(...) Las más antiguas tradiciones mitológicas insisten en un hecho: siendo mortal, Semele engendró un dios. (...) Como nacido de una mujer mortal, Dioniso no pertenece por derecho al panteón de los olímpicos, pero logró ser aceptado y al final consiguió introducir también a su madre. (...)

Dioniso tenía que provocar resistencia y persecución, pues la experiencia religiosa que suscitaba constituía una amenaza para todo un estilo de vida y un universo de valores. Se trataba, en definitiva, de una amenaza a la supremacía de la religiosidad olímpica y sus instituciones. Pero aquella oposición delataba al mismo tiempo un drama íntimo ampliamente atestiguado en la historia de las religiones: la resistencia contra toda experiencia religiosa absoluta, que sólo es posible a condición de negar el resto. (...)

A partir de Pisístrato se celebraban en Atenas cuatro fiestas en honor de Dioniso. Las «Dionisíacas de los campos», que tenían lugar en diciembre, eran fiestas de aldeanos. Un cortejo paseaba en procesión un enorme falo con acompañamiento de canciones. Había además otros festejos rituales que incluían concursos y desafíos pero sobre todo mascaradas y desfiles de personajes disfrazados de animales. (...)
Estamos peor informados acerca de las Leneas, fiestas que se celebraban a mediados del invierno. (...)
En febrero-marzo, aproximadamente, se celebraban las Antesterias, y en marzo-abril, las «Grandes Dionisíacas», (...) las Antesterias eran las fiestas más antiguas de Dioniso. Eran además las más importantes El primer día se llamaba pithoigia, apertura de las tinajas (pithoi) en las que se conservaba el vino de la ultima cosecha, que se había realizado en otoño. Se llevaban las tinajas al santuario de «Dioniso en las lagunas» para ofrecer libaciones al dios, y a continuación se probaba el vino nuevo. El segundo día (choes, «cuencos») se celebraba un concurso de bebedores, que se presentaban provistos de un cuenco que se llenaba de vino; a la señal convenida tenían que beberlo lo más rápidamente que pudieran. Lo mismo que algunos concursos de las «Dionisíacas de los campos» (por ejemplo, el askoliasmos, en el que algunos jóvenes trataban de mantenerse sobre un odre previamente untado de aceite), también esta competición encaja en el bien conocido ritual de los concursos y desafíos de todo tipo (deportivos, oratorios, etc.) encaminados a asegurar la renovación de la vida. Pero la euforia y la embriaguez anticipan en cierto modo una vida en el más allá que en nada se parece al triste mundo homérico de las sombras. (...)

Pero los tres días de las Antesterias, y sobre todo el segundo en que se celebra el triunfo de Dioniso, son días nefastos, puesto que en ellos retornan las almas de los muertos, y con ellas las keres, portadoras de influjos maléficos del mundo infernal. (...) «Son los muertos—se dice en un tratado hipocrático— los que nos proporcionan los alimentos el incremento y las semillas.» En todas las ceremonias que le están consagradas se manifiesta Dioniso dios de la fecundidad y de la muerte a la vez.

También tenemos que señalar los «milagros» que acompañan a sus epifanías o las anuncian: el agua que brota de la roca, los arroyos que se llenan de leche y miel. En Teos, durante su fiesta, una fuente mana chorros de vino hasta desbordar (Diodoro de Sicilia, III, 66,2). En Elis, tres cazuelas vacías que se dejan durante la noche en una cámara sellada aparecen a la mañana siguiente llenas de vino (Pausanias, VI, 2,6,1-2). En otros lugares se habla de «milagros» parecidos. Entre los más famosos se cuentan «las vides de un día» que florecían y daban racimos en unas pocas horas.

(...)

El éxtasis dionisíaco representa ante todo la superación de la condición humana, el descubrimiento de la liberación total, la obtención de una libertad y de una espontaneidad inaccesibles a los hombres. Que entre estas libertades figura también la liberación con respecto a las prohibiciones, las regulaciones y los convencionalismos de orden ético y social, parece cierto, y ello explicaría en parte la adhesión masiva de las mujeres (Tiresias, sin embargo, defiende al dios: «Dioniso no obliga a las mujeres a ser castas. La castidad depende del carácter, y la que es casta por naturaleza participará en las orgías sin corromperse» (Bacantes, 314 y sigs.) (...)

Bajo una u otra forma, siempre hallamos en el centro del ritual dionisíaco la experiencia extática de un frenesí más o menos violento, la manía. Esta «locura» constituía de algún modo la prueba de la«divinización» (entheos) del adepto. Aquella experiencia era con seguridad inolvidable, pues suponía una participación en la espontaneidad creadora, en la libertad embriagante, en la fuerza sobrehumana y en la invulnerabilidad de Dioniso. La comunión con el dios rompía durante algunas horas la condición humana, pero sin llegar a transmutarla.

(...)

La embriaguez, el erotismo, la fecundidad universal, pero al mismo tiempo las experiencias inolvidables provocadas por la llegada periódica de los muertos o por la manía, por la inmersión en la inconsciencia animal o por el éxtasis del enthousiasmos: todos estos terrores y revelaciones brotan de una sola y misma fuente: la presencia del dios. Su modo de ser expresa la unidad paradójica de la vida y de la muerte. Todo esto hace que Dioniso se presente como un tipo radicalmente distinto de los olímpicos. ¿Es un dios más cercano a los hombres que las demás divinidades? En todo caso, no era difícil acercarse a él, y hasta cabía la posibilidad de convertirse en su encarnación; el éxtasis de la mania demostraba que era posible superar la condición humana.





sábado, 11 de febrero de 2012

Boris Vian - El amor es ciego

Imagen: Boris Vian
(1920 - 1959)


***

BORIS VIAN - EL AMOR ES CIEGO
- de su recopilación de cuentos "El Lobo-Hombre" -
( 1949 )


1

El cinco de agosto, a las ocho, la niebla cubría la ciudad. Liviana, en absoluto estorbaba la respiración y se presentaba bajo apariencia singularmente opaca. Parecía, por otra parte, teñida de azul con verdadera intensidad.
Fue cayendo en capas paralelas. Al principio cabrilleaba a veinticinco centímetros del suelo, y los caminantes no podían verse los pies. Una mujer que vivía en el número 22 de la Rue Saint-Braquemart, dejó caer la llave en el momento de entrar en su casa, y no la podía encontrar. Seis personas, entre las que se contaba un bebé, acudieron en su ayuda. Entretanto, a la segunda capa le dio por caer. Y se pudo encontrar la llave, pero no al bebé que había tomado las de villadiego al amparo del meteoro, impaciente por escapar del biberón, sentar cabeza y conocer los serenos placeres del matrimonio. Mil trescientas sesenta y dos llaves, y catorce perros, se extraviaron de tal manera durante la primera mañana. Cansados de vigilar en vano sus flotadores, los pescadores se volvieron majaretas y se fueron a cazar.
La niebla se hacinaba en densidades considerables en la parte baja de las calles en pendiente y en las hondonadas. Formaba alargadas flechas y se colaba por las alcantarillas y los pozos de ventilación. Así invadió los túneles del metro, que dejó de funcionar cuando la lechosa marca alcanzó el nivel de los semáforos. Pero en aquel mismo momento, la tercera capa acababa de descolgarse y, en el exterior, de rodillas para abajo todo era blanquecina oscuridad.
Los de los barrios altos, creyéndose favorecidos, se burlaban de los de las orillas del río. Mas al cabo de una semana todos estaban reconciliados y podían golpearse del mismo modo contra los respectivos muebles de las respectivas habitaciones. La niebla había llegado por entonces hasta el copete de las edificaciones más elevadas. Y si el cimbanillo de la torre fue lo último en desaparecer, el irresistible empuje de la creciente y opaca marca acabó a fin de cuentas por sumergirlo del todo.

2

Orvert Latuile despertó el trece de agosto después de una dormida de trescientas horas. Como saliese de una cogorza de las buenas en un primer momento temió haberse quedado ciego. Con ello no habría hecho más que rendir homenaje a los innumerables alcoholes que se le habían servido. Tal vez fuese simplemente de noche, pero, en cualquier caso, de una manera distinta. Con los ojos abiertos, sentía la impresión que se experimenta cuando el rayo de luz de una bombilla viene a dar sobre los párpados cerrados. Con mano torpe, buscó el interruptor de la radio. Emitía, pero el informativo sólo lo esclareció hasta cierto punto.
Sin tomar en cuenta los agudos comentarios del locutor, Orvert Latuile reflexionó, se rascó el ombligo y notó, oliéndose la uña a continuación, que necesitaba un baño. Pero el amparo de aquella calígine caída sobre todas las cosas como el manto de Noé sobre Noé, como la miseria sobre el mísero mundo, como el velo de Tanit sobre Salambó o como un gato sobre un violín, le hizo colegir la inutilidad de semejante esfuerzo. Además, la tal niebla tenía un dulce aroma a albaricoque tísico que debía contrarrestar las emanaciones personales. Y por añadidura, el sonido se portaba bien y, al envolverse en aquella guata, los ruidos adquirían una curiosa resonancia, blanca y clara como la voz de una soprano lírica cuyo paladar, hundido en una desgraciada caída sobre la esteva de un arado, hubiera sido reemplazado por una prótesis de plata forjada.
Para empezar, Orvert decidió prescindir de todos los problemas y actuar como si nada ocurriese. En consecuencia, se vistió sin dificultad, pues sus indumentos estaban colocados cada uno en su sitio: es decir, unos sobre las sillas, otros debajo de la cama, los calcetines dentro de los zapatos, y éstos, el uno en el interior de un jarrón y el otro calzando el orinal.
—Dios mío -dijo para sí—, qué cosa extraña esta calina.
Reflexión sin gran originalidad que le salvó del ditirambo, del simple entusiasmo, de la tristeza y de la melancolía negra, colocando el fenómeno en la categoría de las cosas sencillamente constatadas. Pero acostumbrándose paulatinamente a lo inhabitual, se fue animando poco a poco hasta el punto de decidirse a encarar determinadas experiencias muy humanas.
—Bajo hasta casa de la portera—-se dijo— dejándome la bragueta abierta. Así comprobaremos si en realidad hay niebla, o si se trata de mis ojos.
Como es natural, el espíritu cartesiano de todo francés le induce a dudar de la existencia de cualquier calígine opaca, incluso si es tan tupida como para nublar la vista. Y no es lo que pueda decir la radio lo que vaya a decidir la aceptación de lo chocante. La radio no dice más que majaderías.
—Me la saco—dijo Orvert— y bajo como si nada.
En efecto, se la sacó y bajó como si nada. Por primera vez en su vida advirtió el chasquido del primer escalón, el temblor del segundo, el grillar del cuarto, el carrasqueo del séptimo, el susurrar del décimo, el chichear del décimo cuarto, las sacudidas del décimo séptimo, el bisbiseo del vigésimo segundo y el abejorreo del pasamanos de latón, desatornillado de su sustentáculo terminal.
Se cruzó con alguien que subía aplastándose contra la pared.
—¿Quién va?—dijo, deteniéndose.
—¡Lerond! —respondió el señor Lerond, el inquilino de enfrente.
—Buenos días —dijo Orvert-. Aquí Latuile.
Al tenderle la mano, encontró cierta cosa rígida que soltó con asombro.
Lerond emitió una risita embarazada.
—Perdone —dijo—, pero no se ve nada, y esta neblina es endemoniadamente calurosa.
—Cierto —asintió Orvert.
Pensando en su desabotonada bragueta, se avergonzó de constatar que Lerond había tenido la misma idea que él.
—Bueno, hasta la vista —dijo Lerond.
—Hasta la vista —contestó Latuile, desabrochando solapadamente la hebilla de su cinturón.
Cuando el pantalón le hubo caído sobre los pies, se lo quitó, arrojándolo a continuación por el hueco de la escalera. Ciertamente, aquella calina era tan agobiante como una pichona enamorada. Y si Lerond se paseaba con su mancebía al aire ¿por qué tenía Orvert que continuar a medio vestir... ? O todo o nada.
Chaqueta y camisa volaban poco después. Decidió conservar los zapatos.
Al llegar al final de la escalera, golpeó con delicadeza en el cristal de la portería.
—¡Adelante! —respondió la voz de la portera.
-¿Hay cartas para mí? -preguntó Orvert.
—¡Oh, señor Latuile! —se desternilló de risa la gruesa mujer-. ¡Siempre con sus chascarrillos ... ! ¿Y qué, bien dormido ya ... ? No quise molestarle, pero tendría que haber visto los primeros días de niebla... Todo el mundo parecía fuera de sí. En cambio, ahora... Bueno, digamos que a todo se acostumbra uno...
Por el Poderoso perfume que lograba franquear la lacticinosa barrera, Orvert reconoció que se acercaba a él.
—Solamente a la hora del cocido no resulta demasiado cómodo —prosiguió ella—. Pero no deja de ser divertida la nieblecita... Casi se podría decir que alimenta. Como usted sabe, yo como bastante bien... Pues bueno, desde hace tres días, con un vaso de agua y un trozo de pan me basta.
—Va a adelgazar —observó Orvert.
—¡Ja, ja, ja! —cacareó la portera con su risa parecida a un saco de nueces cayendo por la escalera desde el sexto piso—. Compruébelo por sí mismo, señor Latuile. Nunca me había sentido tan en forma. Incluso los melones se me están volviendo a poner en su sitio... Compruébelo, compruébelo por sí mismo...
—Esto..., yo... —dijo Orvert.
—Palpe, palpe, le digo que palpe.
Y cogiendo la mano del sentenciado, la colocó sobre el remate de uno de los melones en cuestión.
—¡Asombroso! —constató Latude.
—Y eso que tengo cuarenta y dos años —informó la portera—. ¿Eh? ¿Quién lo diría? ¡Ah ... ! y es que las que son como yo, un poquito gruesas por donde es debido, tienen esa ventaja...
—¡Pero por todos los santos! —exclamó Orvert asombrado—, ¡Está usted desnuda...!
—¡Claro! ¡Lo mismo que usted! —replicó ella.
—Cierto —musitó Orvert para sí—. Brillante idea he tenido.
—Han dicho los del arradio —prosiguió la portera—, que se trata de un aerosol cafronisíaco.
—¡Ah ... !—-dijo Latuile.
Con la respiración entrecortada, la portera buscaba contacto. Por un instante, el hombre tuvo la sensación de que la dichosa calina le permitiría escamotearse.
—Escuche, por favor, señora Panuche —le imploró—. No somos animales. Aunque se trate de un aerosol afrodisíaco hay que comportarse con mesura.
—¡Oh, oh! —se limitó a decir la señora Panuche con voz jadeante, mientras se servía de las manos con precisión nada mesurada.
—¡Está bien! -dijo finalmente Orvert con dignidad—. Arrégleselas como pueda. Yo no quiero saber nada.
—Oiga —murmuró la portera sin perder su presencia de ánimo—, el señor Lerond es mucho más amable que usted. Con usted, según parece, es una quien tiene que hacerlo todo.
—Escuche —le dijo Latuile—. Acabo de despertarme hoy. Por lo tanto, me falta entrenamiento.
—Descuide, le enseñaré —aseguró la portera.
A continuación ocurrieron cosas sobre las que será mejor echar el piadoso manto de este desdichado mundo como sobre las miserias de Noé, de Salambó y el velo de Tanit en la encerrona.
Orvert salió muy vivaracho de la portería. Una vez en la calle aguzó el oído. En efecto, se echaba en falta el ruido de los automóviles. Pero, en su defecto, se dejaban oír innumerables canciones. Y las risas chisporroteaban por todas partes.
Un poco aturdido, se adentró algunos pasos en la calzada. Sus oídos no estaban acostumbrados a un horizonte sonoro de tal profundidad y se sentía un algo extraviado. De repente se percató de que estaba pensando en voz alta.
—¡Dios mío! —decía—. ¡Una niebla afrodisíaca!
Como se puede ver, sus reflexiones sobre el particular habían progresado poco. Pero es preciso ponerse en el lugar de un hombre que duerme durante once días y que despierta en medio de una oscuridad total, complicada además por una especie de generalizado y licencioso envenenamiento, para constatar que su obesa y ruinosa portera se ha transformado en una valquiria de senos puntiagudos y abundantes, en una ávida Circe en su antro de placeres imprevistos.
—¡Caramba! —dijo todavía Orvert para precisar algo más su pensamiento.
Y dándose cuenta de repente de que estaba a pie firme en la misma mitad de la calle, sintió miedo y retrocedió hasta la altura del muro, bajo cuya cornisa caminó a lo largo de un centenar de metros. A esa distancia se encontraba la panadería. Como una dietética estrictamente aplicada le constreñía a consumir algún alimento después de cualquier esfuerzo físico notorio, entró en ella para procurarse un panecillo.
Una gran algazara parecía reinar dentro del establecimiento.
Orvert era hombre de pocos prejuicios. Pero cuando comprendió lo que exigía la panadera de cada cliente y el panadero de cada clienta, sintió cómo se le erizaban los cabellos en la cabeza.
—¡Por todos los diablos! ¡Si le doy un pan de dos libras —estaba diciendo aquélla— tengo derecho a exigir de usted un formato equivalente!
—Pero señora... —protestaba la aguda voz de un viejecillo en quien Latuile reconoció al señor Curepipe, anciano organista de la iglesia del muelle— pero señora...
—¡Y usted es el que toca el órgano de tubos! —exclamó la panadera.
El señor Curepipc se enfadó.
—¡Ya le enseñaré yo a reírse de mi órgano! —dijo amenazadoramente dirigiéndose con paso apresurado hacia la salida, pero ante ésta estaba Latuile, a quien el choque cortó la respiración.
—¡El siguiente!—ladró la panadera.
—Quisiera un pan... —dijo Orvert con esfuerzo, dándose masaje en el estómago.
—¡Un pan de cuatro libras para el señor Latuile!—vociferó la expendedora.
—No, no...—gimió Orvert—. Apenas un panecillo...
— ¡Grosero! —le espetó la tahonera.
Quien, dirigiéndose a su marido, dijo a continuación:
—¡Oye, Lucien, ocúpate de éste! ¡Así aprenderá lo que es bueno!
Los cabellos se le volvieron a erizar a Orvert sobre la cabeza. Y al emprender la huida a toda pastilla, fue a darse de lleno contra la luna del escaparate, que resistió.
Recorriéndola por completo, consiguió salir finalmente. En la panadería la orgía continuaba. El aprendiz se ocupaba de los niños.
—¡En fin, caramba!— refunfuñaba Orvert en la acera—. ¿Qué pasa? ¿Y si a uno le gusta elegir, qué? ¡Pues menuda boca de horno ha de tener la tal panadera...!
A continuación le vino a la cabeza la repostería cercana al puente. La dependienta tenía diecisiete años, la boquita de piñón y un coqueto delantalillo estampado... Quizá en aquel momento no llevase más que el delantalillo...
Sin pensarlo dos veces, partió a grandes zancadas hacia dicho establecimiento. En tres ocasiones al menos tropezó con amasijos de cuerpos entrelazados de los que ni siquiera le interesó detenerse a descubrir las respectivas composiciones. Pero, en uno de los casos, el conglomerado, como mínimo, se componía de cinco palmitos.
-¡Roma! -se limitó a farfullar-. Quo Vadis? ¡Fabiola! Et cum spiritu tuo!, ¡Las orgías!, ¡Oh!
Había cosechado de su contacto con la luna del escaparate un chichón de los mejor puestos y se frotaba la cabeza. Lo que no le impedía precipitar la marcha, pues determinada presencia que participaba de su persona, pero que le precedía a mucha distancia, le incitaba a llegar a la meta lo antes posible.
Cuando creyó que ya se acercaba al objetivo, optó por caminar junto a las fachadas de las casas para guiarse por el tacto. Por el redondo disco de contrachapado sujeto con pernos, que mantenía en su sitio una de las rajadas cristaleras pudo reconocer el establecimiento del anticuario. Dos números más allá, la repostería.
De repente topó con todo el cuerpo con otro que, inmóvil, le daba la espalda. Sin que pudiera evitarlo, se le escapó un grito.
—¡No empuje! —le respondió una voz profunda—. Y apresúrese a separar esa cosa de mis posaderas, si no quiere que le parta ahora mismo la cara.
—Esto... yo... ¿No pensará que ... ? -dijo Orvert.
Y giró a la izquierda para salvar el obstáculo.
Segundo choque.
—¡Qué le pasa a éste? —se interesó una segunda voz de hombre.
—¡A la cola, como todo el mundo!
Siguió el estallido de carcajadas.
—¿Cómo? —acertó a decir Orvert.
—Está claro —explicó una tercera voz—. Seguro que viene en busca de Nelly.
—Así es —balbuceó Orvert.
—Está bien, pues póngase en la cola —prosiguió el hombre—. Somos unos sesenta ya.
Orvert no respondió. Sentía el corazón desgarrado. Volvió a ponerse en camino sin esperar a averiguar si ella llevaba o no su delantal estampado.
Tomó por la primera a la izquierda. Una mujer venía, precisamente, en sentido contrario.
Tras el choque quedaron, cada uno por su lado, sentados en el suelo.
— Perdón -dijo Orvert.
—La culpa es mía —respondió la mujer—. Usted circulaba por su derecha.
—¿Puedo ayudarla a levantarse? —se ofreció Orvert—. Está usted sola ¿no es así?
—¿Y usted? —preguntó ella a su vez—. ¿No estarán a punto de echárseme encima cinco o seis de una vez?
—¿Seguro que es usted una mujer? —continuó Orvert.
—Compruébelo usted mismo -le contestó ella.
Se habían aproximado el uno al otro, y el hombre pudo sentir contra su mejilla el contacto de unos cabellos largos y sedosos. Ahora estaban de rodillas y de frente.
—¿Dónde encontrar un lugar tranquilo? —preguntó Orvert.
—En el centro de la calzada —dijo la mujer.
Lugar hacia el que se dirigieron, tomando como referencia el bordillo de la acera.
—La deseo —dijo Orvert.
—Y yo a usted -dijo la mujer—. Mi nombre es...
Orvert la cortó.
—Me da lo mismo —dijo—. No quiero saber nada más que lo que mis manos y mi cuerpo me revelen.
—Proceda —le animó la mujer.
—Naturalmente -constató Latuile— va usted sin ropa alguna.
—Igual que usted —respondió ella.
Dicho lo cual, se estrecharon el uno contra el otro.
—No tenemos ninguna prisa —prosiguió la mujer—.Comience por los pies y vaya subiendo.
A Orvert le extrañó la proposición. Se lo dijo.
—De tal manera, podrá ser consciente de todo —explicó la mujer—. No tenemos a nuestra disposición, como usted mismo acaba de constatar, más que el instrumento de investigación que significa nuestra piel. No olvide que su mirada no puede atemorizarme. Su autonomía erótica se ha ido al traste. Seamos francos y directos.
—Habla usted muy bien -dijo Orvert.
—Leo siempre Les Temps Modernes —informó la mujer—. Venga, comience de una vez con mi iniciación sexual.
Cosa que Latuile no se privó de hacer reiteradas veces y de diversas maneras. Ella mostraba indudables condiciones, y el terreno de lo posible es muy amplio cuando no hay temor a que la luz se encienda. Y además, eso ya no se usa, después de todo. Las enseñanzas que le impartió Orvert a propósito de dos o tres truquitos nada desdeñables, y la práctica de un empalme simétrico varias veces repetido, acabaron infundiendo confianza en sus relaciones.
Y allí llevaron, de tal modo, la vida sencilla y regalada que hace a los humanos semejantes al dios Pan.

3

Al cabo de un tiempo, la radio anunció que los sabios estaban constatando una regresión regular del fenómeno, y que el espesor de la niebla aminoraba de día en día.
Como la amenaza era de consideración, se celebró gran consejo. Muy pronto se encontró una alternativa, pues el genio del hombre nunca deja de sorprender con sus mil facetas. Y cuando la niebla se disipó, según indicaron los aparatos detectores especiales, la vida siguió felizmente su curso pues todos se habían hecho arrancar los ojos.

Imagen: Balint Zsako

domingo, 5 de febrero de 2012

Fernando Arrabal - Como un paraíso de locos (extracto)


Video: Introducción de "Viva la muerte", película de Fernando Arrabal, dibujos de Roland Topor

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Bueno, hoy les traigo un pequeño extracto de un libro que leí hace tiempo y me dejó fascinado. Es del libro "Como un paraíso de locos", del español Fernando Arrabal, escritor de obras como "El cementerio de Automóviles" y "Fando y Lis" (llevada al cine por Jodorowsky), así como de películas como "Viva la Muerte".

Este libro, terriblemente surrealista, tiene como protagonista a un anciano con un "handicap" mental, que sueña con vivir una vida normal como los otros y tiene dos amigos imaginarios: Cero e Infinito.


Imagen: ¿? (Vía)

**

(...)

Todavía no sé determinar el valor del dinero. Con la precisión, por ejemplo, con que puedo calcular el volumen de un poliedro.
Todavía no sé determinar el valor de las monedas o de los sellos. Con el rigor, por ejemplo, con el que puedo resolver una ecuación.
Todavía no sé determinar la relación del acto biológico de vivir con el valor del dinero. Con la sencillez, por ejemplo, con que elijo un vaso de agua cuando tengo sed.
Todavía no me distraigo coleccionando dinero, monedas o billetes.
[Víctima de la ilusión, aún no sé determinar el valor del dinero. Lo cual, en mi caso, por ejemplo, no me impide estornudar. Estornudar es uno de los placeres mayores de mi vida con el de pasearme por un supermercado.]

Cero me pidió que mirara durante unos segundos la figura que he reproducido en la parte baja de esta hoja:


Cuando lo hice añadió:
"Habrás observado que en las intersecciones de las líneas blancas aparecen manchas grises."
Era cierto. Luego me pidió:
"Ahora fija con tu mirada una sola de esas manchas grises."
La fijé, pero había desaparecido.
"Como ves, ha desaparecido."
Era verdad.
"Pero, como observas, las manchas vecinas se han ensombrecido."
Se habían vuelto casi negras.
"Es pura ilusión."
Entonces Cero me dijo:
"No aceptes nunca las infinitas trampas de la ilusión, sobre todo las del dinero. Aprende a distinguir la experiencia subjetiva de la aparente infinita objetividad del mundo que te circunda."

(...)

lunes, 23 de enero de 2012

¿Qué chingados es "el género"?


Dos pequeñas pero ilustrativas frases que extraje de "Deshacer el Género", de la teórica queer Judith Butler.


Imagen: José de Ribera - Magdalena Ventura con su marido


"¿Soy yo un género después de todo? ¿'Tengo' una sexualidad? ¿O resulta que el 'yo' que debería soportar su género se deshace al estar siendo un género, que el género siempre proviene de una fuente que está en otra parte y que está dirigida hacia algo que está más allá de mí, constituido en una socialidad cuya autoría no es totalmente mía?"

"La fantasía no es lo opuesto a la realidad; es lo que la realidad impide realizarse y, como resultado, es lo que define los límites de la realidad, constituyendo así su exterior constitutivo. (...) Es lo que establece lo posible excediendo lo real(…) ¿Cómo entran en el campo de lo político las personas drag, butch, femme, transgénero y transexuales? (...): nos muestran cómo las realidades a las cuales creíamos estar confinados no están escritas en piedra."


Imagen: Arthur Tress


sábado, 21 de enero de 2012

Tesis para el fusilamiento del mundo.


Imagen: Mara'akames, o chamanes huicholes (foto de Carl Lumholtz)


"La existencia no es solamente una vida agitada,

es una danza que impulsa a danzar con fanatismo"
(Georges Bataille , La conjura sagrada)


I
¿Será que conocemos la razón de la existencia
o es que los dioses no han terminado de formular ese disparate?
sea como sea, el hombre, como todo ser hambriento,
debe MATAR para procurarse esta existencia.

II
Al ser todos asesinos, el mundo se
revela como el ciclo de la muerte,
un inmenso fractal hecho de esqueletos.

III
El planeta de los Simios es una
ilusión de los ingenuos; las partículas
son las únicas que EXISTEN,
el resto sólo es poesía,
la basura que dejan los instantes.

IV
Es el hombre un ser de los sentidos;
esto lo convierte en uno de los habitantes del instante,

así pues,
la poesía es un deber del asesino,
quien siente los momentos
y los expresa resumiéndolos en aullido.

V
Los chamanes alteran sus consciencias
porque saben que sólo SOMOS la materia
mientras ésta siente y
que otros mundos
se pueden conseguir en éste

VI
No nos engañemos,
la consciencia no domina el universo,
mucho menos la nuestra,
pero la consciencia SÍ es inventora de reinos
y a veces los asesinos debemos navegar con la mente
y no saber aterrizar ya más en algunos mundos
que no valen la pena.

VII
Para ser asesino hace falta matar,
pero aquél que mata arrebatando vidas es un asesino cobarde,
sólo es asesino aquél que decreta el fusilamiento del mundo.

VIII
Para ser chamán no hace falta drogarse,
pero hay que visitar el infierno y el cielo,
con sus infinitos colores de enmedio,
y de eso sólo es capaz el asesino.




Video: Escena de "The Great Dictator", Charles Chaplin.